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SAN OSCAR ROMERO DESDE LA PERSPECTIVA DE LA COSMOVISIÓN ESPIRITUAL MAYA

Acabo de terminar dos talleres de paz con mujeres y hombres Mayas de Guatemala y me siento atraído por presentar a San Oscar Romero desde la Cosmovisión Espiritual Maya, la cual se basa grandemente en la dualidad y cuaternidad: mujer, hombre; noche, día; los cuatro puntos cardinales … las cuales no son contradictorias sino se complementan positivamente. Faltan tres días para la beatificación canónica de nuestro santo. “Canónica” porque el pueblo ya lo ha llevado al altar de los corazones desde el día de su muerte.

Creo que podemos sintetizar el cambio o conversión de San Romero desde tres momentos de mucha espiritualidad. Afirmo conversión, porque pasa de hombre pasivo al destino que vive el pueblo oprimido salvadoreño al compromiso de dar su vida para darle vida.

El primer momento nos lo revela Mons. Arturo Rivera Damas durante la segunda misa celebrada ante el cuerpo presente de Mons. Oscar Romero, 26 de marzo de 1980. Hace su relato “como testigo de excepción para que admiremos la obra de Dios; pero al mismo tiempo, la fidelidad de una voluntad, que una vez descubierta la voluntad de Dios, la abraza hasta las últimas consecuencias”.

El 12 de marzo de 1977, por la tarde, el P. Rutilio Grande fue asesinado. “Y es precisamente este hecho, el que sin duda, pesó enormemente para que Monseñor Romero cambiara definitivamente y se convirtiera hasta darnos el ejemplo que nos ha dado a todos nosotros … A partir de entonces, ese hombre ha cambiado y ha ido creciendo y nos ha dado ese testimonio a lo largo de tres años hasta convertirse en una figura, no solo nacional, sino internacional, de alcance mundial”. La dualidad se da entre la relación de un sacerdote que da su vida por el pueblo pobre, Rutilio Grande, y un obispo bueno que necesita despertar al clamor de los necesitados. Los dos elementos iluminan la historia de nuestro país como la noche y el día. Rutilio muere y Oscar abre sus ojos para mirar la realidad del pueblo en toda su crudeza.

Después del entierro del P. Rutilio Grande, los sacerdotes le pedimos a Mons. Romero celebrar la misa el domingo 20 de marzo en la catedral, no en las parroquias. Su oposición es evidente debido a su teología conservadora, sin embargo, permite votar y la decisión es prácticamente unánime a favor de la misa única. De inmediato, se tiene la oposición de casi todos los obispos, la oligarquía, el gobierno y lo más grave, del representante del Papa en El Salvador, el Nuncio. El sábado 19, el Nuncio llega al Seminario San José de la Montaña en donde residía Monseñor y también yo. Me pregunta por el Arzobispo y le digo que no se encuentra. Muy molesto me da una carta y me pide que se la entregue a Monseñor tan pronto como retorne. Así lo hago. Monseñor vuelve como a las 5:00 pm y yo le entrego la misiva. Se va a su cuarto para leerla y como a los cinco minutos sale al corredor y me pide que lea la carta. Angustiado me pregunta qué hacer. Al no tener respuesta le digo que se vaya a la capilla y que en oración consulte con Jesús. Así lo hace y como a la hora sale de la capilla y me dice: “Vamos a tener la misa en catedral mañana”. Para mi, esta decisión de Monseñor fue la más crucial. Enfrenta a Roma, descubre el verdadero significado del ejercicio de la obediencia y la autoridad que deben estar al servicio del pueblo. La obediencia ciega no tiene sentido si no se la somete a la crítica positiva, lo que nos conduce al poder de la libertad. La dualidad llena de espiritualidad está muy manifiesta en este relato. La oposición del Nuncio era necesaria, como la noche, para que Monseñor viera la luz en su diálogo con Jesús.

Al día siguiente, poco antes de las 9:00 am Monseñor llega a catedral. Frente a nosotros se encuentran unas 100,000 personas venidas de todos los rincones del país. Su presencia es denuncia del asesinato de Rutilio y de miles de salvadoreños y anuncio de la justicia y de la paz. Monseñor inicia su predicación de manera lenta, pesada, pero como a los cinco minutos, el espíritu del pueblo y el Espíritu de Dios le exigen comprometerse como profeta. “El profeta es como el alma del pueblo, conoce sus angustias y presiones y lleva la esperanza de Jesús resucitado a todos” (José Inocencio Alas, Iglesia, Tierra y Lucha Campesina).

Cuando Mons. Romero llega al altar, todavía no ha dado el paso definitivo a comprometerse con la construcción de un pueblo nuevo; se encuentra a media luz. Es necesario que este le exija abandonar su seguridad, sus viejas amistades, para convertirse en mensajero de justicia, de paz. Monseñor sella su compromiso el 24 de marzo de 1980 con su sangre, frente al altar. Su inmolación es la esperanza que llevamos los salvadoreños de construir un mundo de paz.

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