SABIOS, LIBERALES Y SOCIALISTAS

SABIOS, LIBERALES Y SOCIALISTAS

Jorge Gómez Barata

MONCADA

No fue un liberal, sino un anónimo sabio chino quien escribió: “Si das pescado a un hombre come un día. Si lo enseñas a pescar come toda la vida”.

Las políticas de desarrollo al generar empleos, impulsar el progreso y la urbanización, crear infraestructuras (electrificación, viales, abasto de agua, comunicaciones, transportes y otras), de modo automático instalan rangos de justicia social. A la inversa no ocurre lo mismo. No es posible entronizar la justicia social para, a partir de ese punto, avanzar en el desarrollo.

Los estados por sí mismos poseen capacidad limitada para crear empleos y generar desarrollo. Su papel es propiciar que lo hagan otros actores sociales, principalmente el capital y el trabajo, que dicho sea de paso, por separado significan poco. (El capital es una relación social de producción)

El más significativo acto de justicia social que deben procurar los estados es la creación de condiciones para la generación de empleos. Cuando hay empleo, hay salario que, considerado en una media social, confiere al trabajador el dinero para adquirir los bienes y servicios necesarios para él y su familia. Más salario significa mayor consumo, adecuado nivel de vida, mayor demanda y por ende crecimiento económico. Como una locomotora, el consumo hala la producción.

Los salarios son la forma básica de retribución del trabajo y el ingreso más extendido y universal. Naturalmente el bienestar social no depende solo de las condiciones materiales generadas por el progreso, sino que en ello intervienen las legislaciones laborales, las políticas sociales (salud, educación, vivienda, transporte público, promoción cultural, protección a la infancia y la vejez y otras), así como las acciones del estado y otras instituciones de la sociedad civil para asistir a los elementos desfavorecidos y en situaciones de vulnerabilidad, principalmente durante ciertas etapas o eventos.

No obstante por atinadas y generosas que sean las políticas sociales, en ningún caso cubren las necesidades de las personas, la mayor parte de las cuales tienen un marcado carácter individual.

Desde cualquier óptica que se le examine, la función social del estado como garante del bien común se cumple mejor cuando adopta políticas de promoción del desarrollo y del progreso, estimula la creación de infraestructuras, y facilita la generación de empleos productivos, por los cuales los trabajadores son retribuidos con salarios justos.

No se trata de sacralizar la “mano invisible del mercado”, aunque tampoco de demonizarla. Basta con admitir que existe, que no debe ser cercenada ni tampoco dejada a su libre albedrío. La autoridad del estado en las regulaciones de determinadas áreas resulta imprescindible para el desempeño de su función como árbitro entre los diferentes actores sociales.

El debate doctrinario y académico puede ser eterno, pero no lo es la vida de las personas, que no solo necesitan vivir mejor, sino que tienen derecho a hacerlo. Mientras escribo estas notas hay mil millones de personas que padecen hambre, no porque no haya alimentos, sino porque existen condiciones sociales que les impiden acceder a ellos. Alguien dijo una vez que era preciso dignificar la pobreza. Suprimirla es preferible. Allá nos vemos.

La Habana, 22 de enero de 2016

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