DESARROLLO: INGENIERIA INVERSA

Jorge Gómez Barata

MONCADA

Por regla general, los trabajos de ingeniería parten de la necesidad de solucionar con equipos, máquinas, herramientas o edificaciones multitud de problemas prácticos. El camino va del problema a la idea, de ahí a los proyectos y la construcción de los artefactos y al producto terminado. Como su nombre lo indica, la ingeniería inversa sigue el curso al revés y no se pregunta: ¿Qué hay que hacer? sino ¿cómo lo hicieron?

Debido a la naturaleza y envergadura de los problemas sociales, especialmente la cuestión del desarrollo, no pudieran seguirse al pie de la letra procedimientos de ingeniera inversa, aunque hacerlo aportaría pistas para explicar por qué unos triunfaron en cometidos en los que otros fracasaron. En este ámbito la historia y la dialéctica son excelentes instrumentos.

Por qué, por ejemplo, siendo un país del Nuevo Mundo y colonia europea como mismo lo fueron México, Brasil, Argentina, Venezuela y otros, al iniciar el proceso por la independencia, las 13 Colonias de Norteamérica no crearon trece países sino uno y, una vez constituidos como estado, en apenas cien años se colocaron como la primera economía mundial y en 1898, estuvieron en condiciones de retar a Europa, derrotar a España y despojarla de sus colonias. Por qué ellos pudieron y otros no.

En este caso la ingeniería inversa puede no ser pertinente. Ha pasado demasiado tiempo y existen condicionantes, asimetrías y prejuicios diversos. Probablemente sea más lógico intentar desandar el camino de los Tigres Asiáticos y averiguar cómo hicieron Corea del Sur, Taiwán y Singapur para, en una generación, realizar a escala de sus sociedades lo que gran parte de América Latina no ha logrado en doscientos años.

El más pobre y pequeño de los países latinoamericanos es incomparablemente más rico que Singapur, cualquier provincia colombiana atesora más recursos naturales que Taiwán y ningún país del área ha sufrido un trauma bélico como el de Corea del Sur. Hay estados venezolanos naturalmente más ricos que esos tres países juntos.

Por qué naciones, considerablemente más pobres, excesivamente poblados, menos favorecidos por la naturaleza y con una historia problemática, lograron en una generación el desarrollo que en dos siglos, desde la independencia, no alcanzan los latinoamericanos. Los ejemplos de Japón, India y China tienen escalas mayores.

En ninguno de estos casos se ha seguido un camino subordinado a las grandes ortodoxias. No han llegado al punto donde se encuentran siguiendo las recetas de las democracias liberales y no se han sometido al mercado. Tampoco asumieron como válidas la recetas acuñadas por la Unión Soviética que llevó a varios países tercermundistas a instalar modelos de estatización plus que ni siquiera a ellos mismos les resultó.

En los casos asiáticos, hay ingredientes de ambos modelos, así como aportes locales. Aunque los estados han operado con dosis de autoritarismo, ninguno impidió el accionar individual, limitado la presencia extranjera ni anulado el despliegue del mercado. Aunque la interrelación no es perfecta, han logrado más beneficios de las inversiones extranjeras y de las relaciones con las trasnacionales de los que los países latinoamericanos suelen conseguir.

En este terreno existen inexplicables paradojas, una de ellas es la de México que resulta perjudicado por circunstancias de las cuales otros países extraen enormes beneficios. La principal es la cercanía, el acceso, las facilidades de comunicación, el conocimiento y las relaciones con el mercado y la sociedad norteamericana, cosa que China, India y Japón explotan de modo brillante y a las cuales deben en parte su desarrollo. Otra es Venezuela, donde los inmensos ingresos petroleros en lugar de generar desarrollo, han creado monstruosas deformaciones estructurales.

Si bien no hay recetas, existen caminos y empeños; exitosos unos fallidos otros. Es incomprensible que, a partir de premisas ideológicas, dogmas y a veces caprichos se desdeñen cursos que han ofrecido visibles resultados y, en cambio, se malgastan esfuerzos en proyectos fracasados. Allá nos vemos.

La Habana, 28 de enero de 2016

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