DEMOCRACIA Y OPOSICON

MONCADA

En diferentes países de América Latina están en marcha procesos políticos entre cuyos rasgos principales figuran la consolidación institucional y la modernización de los sistemas políticos. Esos cambios, aunque con diferentes grados de profundidad y radicalismo, tienen en común un signo progresivo que conlleva a elecciones más creíbles, al alejamiento del poder de las oligarquías, así como al fin de los golpes de estado militares y de las dictaduras.

Debido a la estructura presidencialista de los modelos latinoamericanos, y a una tradición que exagera el papel de las personalidades, los liderazgos nacionales se concentran en individuos que, aunque son promovidos por entes políticos colectivos, antiguos y nuevos, a la larga tienden a prevalecer sobre ellos.

El fenómeno se encuentra con la creencia de que la competencia política y la alternancia de individuos y partidos, es una garantía para el funcionamiento democrático del sistema. Ese punto de vista llevó a la limitación de las posibilidades de reelección, que como se prueba en países como México, no aportan garantía alguna, y en otros casos, como el de Brasil, sirve para cumplir un formalismo, lo que en determinadas coyunturas, obliga a prescindir de liderazgos eficientes.

En dicha práctica, que solo existe en Estados Unidos y América Latina, influye no poco el ejemplo norteamericano, donde funciona mejor debido al predominio que allí tienen las instituciones, a la separación real de los poderes del estado, y al carácter moderado de la oposición, a la que no se le ocurre “tumbar al gobierno”, sino que ejercita sus funciones desde el Congreso y los tribunales federales, incluyendo la Corte Suprema. El poder mediático, aunque ejerce influencia, se abstiene de llamados incendiarios.

Debido a que en los actuales procesos políticos de América Latina prevalecen los mecanismo electorales, y la nueva izquierda en formación carece de profundidad para cada pocos años relevar el liderazgo, casi sin excepción surge el problema de la reelección, para lo cual, por lo general, es preciso reformar las constituciones, en torno a lo cual se promueven intensos debates que absorben energías, distraen, dividen al país y privan a la izquierda del apoyo de elementos que desconfían de los mandatos extensos.

Es obvio que la oposición, integrada de oficio por las entidades perdedoras en las elecciones, forma parte del proceso democrático. De hecho es difícil concebir la democracia sin que frente al gobierno de turno, (que no es el estado ni la nación), exista una visión alternativa con capacidad para apoyar y criticar o las dos cosas a la vez, cosa que suele denominarse apoyo crítico u oposición responsable.

Por otra parte, al tratar de cumplir ambiciosos programas políticos, económicos y sociales en el breve período de un mandato, presiona y obliga a apurar los procesos, fenómeno que a veces deriva hacia la improvisación, y lo que es peor, a la radicalización, que origina enormes contradicciones que un ritmo más mesurado pudiera evitar.

Esta circunstancia está resuelta en la mayoría de los países donde el sistema democrático, con reelección o sin ella, ha madurado y funciona, y donde el poder y la oposición se complementan y compiten sin agredirse. En realidad, lo importante es que al interior de la clase política, de la cual forman parte la izquierda, el centro, y la derecha, se geste un consenso acerca de que lo esencial es el país, el progreso, la promoción de la justicia social, el fin de la exclusión, y el perfeccionamiento de las estructuras, incluido el estado.

Hubo un tiempo en Latinoamérica, que duró más de doscientos años, en el cual la oligarquía conservadora gobernó autoritariamente, impuso dictaduras militares o sostenidas por los estamentos castrenses, impidiendo el desarrollo de las instituciones civiles. En aquellos contextos la izquierda, liberal o marxista, no tenía otra alternativa que promover la lucha de clases, el ejercicio de la fuerza, e incluso las revoluciones.

Aquella etapa no concluyó, sino que al parecer se ha invertido. Salvador Allende llegó al poder por medios pacíficos, y fue expulsado violentamente por una oposición que violó sus propias reglas. Así ocurre hoy con las tentativas de derrocar o cesar por vías no electorales a gobiernos electos.

El sistema político latinoamericano está requerido de un ejercicio institucional, profesional, eficiente y refinado del poder, pero también de un comportamiento equivalente de la oposición, incluyendo los medios de difusión y los poderes del estado, que como el sector judicial, los parlamentos y las estructuras militares, de seguridad y policiacas, se caracterizan por la cohabitación de elementos de unas y otras corrientes.

La democracia latinoamericana es imperfecta, entre otras cosas porque no se le permite expresarse, y porque existen fuerzas internas que se benefician con su ausencia o su debilidad. Allá nos vemos.

La Habana, 09 de octubre de 2015

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