CONVERTIR EL REVES EN VICTORIA

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Jorge Gómez Barata

MONCADA

Cuando ganar una elección no sea como “tomar el cielo por asalto”, perderla no constituya un Waterloo, y la reelección una obsesión, la nueva izquierda latinoamericana habrá dado un importante paso. Dejar el gobierno por vía electoral no debería ser una desgracia, sino un riesgo calculado, una oportunidad para vivaquear en los cuarteles de invierno, reflexionar, y renovar los arsenales.

A lo largo de 200 años las burguesías y las oligarquías criollas, que medraron en ambientes políticos contaminados por golpes militares, dictaduras y caudillos conservadores, asumieron la alternancia política entre ellas. Con el tiempo y las luchas populares en los países más avanzados se abrieron espacios a elementos progresistas.

A las fuerzas avanzadas, conducidas por líderes emergentes que carecen de experiencias de gobierno, y no están respaldados por maquinarias políticas, se les hace cuesta arriba gobernar países profundamente desiguales, con grandes deformaciones estructurales, y problemas económicos y sociales acumulados a lo largo de siglos, entre ellos la pobreza, la exclusión, y la vulnerabilidad de mayorías sin acceso a la educación, la salud y otros servicios básicos.

Aun cuando la izquierda acceda electoralmente al gobierno, el poder económico, la administración de justicia, y los medios de difusión quedan en manos de sectores conservadores y oligárquicos, comprometidos o dependientes del capital extranjero, que conservan enorme capacidad para frenar los cambios y revertir los éxitos electorales.

El Frente Sandinista, que se empoderó mediante la lucha armada, muestra un desempeño singular. Al triunfar en 1979 formó un Gobierno de Reconstrucción Nacional, en 1984 llamó a elecciones que ganó con Daniel Ortega. La coyuntura cambió y perdieron las elecciones de 1984, 1996, y 2001.Tras 22 años en la oposición, en 2006 regresaran a la presidencia y alcanzaron mayoría parlamentaria. La victoria se repitió en 2011.

El hecho de que en América Latina impere el presidencialismo, hace que el liderazgo se individualice, en muchos casos excesivamente, hasta el punto de que, reiteradamente los procesos políticos y los movimientos populares no sobreviven a cambios de liderazgo.

Por extrañas razones, la derecha es capaz de identificar, promover o reciclar militantes o líderes capaces de representarla en las contiendas electorales, mientras la izquierda es víctima de una especie de culto al líder, que se repite una y otra vez. Esta carencia resta profundidad al movimiento popular.

Quien tiene la razón histórica puede encajar reveces, incluso convertirlos en aliento y hasta en victoria. Argentina no es una excepción. Allá nos vemos.

La Habana, 30 de octubre de 2015

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