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ACUMULACIÓN ORIGINARIA

Jorge Gómez Barata

MONCADA

En su obra El Capital, Carlos Marx dedicó dos capítulos (XXIV y XXV) a reflexiones históricas para precisar lo que a su juicio es el punto cero del capitalismo o su prehistoria, acuñando el término “Acumulación Originaria”.

Los fenómenos definidos bajo ese concepto explican el origen de los recursos que facilitaron el advenimiento del capitalismo en Europa, que según Marx procedieron de la “expropiación” de los medios de producción, la tierra, y la naturaleza. De ese modo surgieron las premisas para los vínculos entre el trabajo asalariado y el capital.

Privados de medios de vida, los obreros vendieron su fuerza de trabajo a los dueños del dinero y de los instrumentos de producción. Así nació la plusvalía, que mediante el funcionamiento del mercado, crea excedentes con los cuales se financia el desarrollo capitalista. Se trata de la “primera milla” del mecanismo de reproducción ampliada, por medio del cual cada ciclo productivo es mayor que el anterior, lo que hace al sistema crecer constantemente, y acumular riquezas que le permiten invertir y progresar.

Aunque debido a su cultura y eficiencia por aquellos derroteros Europa hubiera avanzado, en los años finales del siglo XV, de modo causal, tuvo lugar el “descubrimiento” de América, que gratuitamente y casi sin esfuerzos, aportó enormes cantidades de oro y plata, inmensas extensiones de tierras, minerales, maderas y millones de personas que durante siglos trabajaron sin remuneración. Todo ello constituyó una enorme inyección de recursos a la financiación y la aceleración del desarrollo europeo.

El resto de la historia es conocida. Europa organizó una vasta operación de saqueo del Nuevo Mundo, requisó el oro de los templos y los palacios aztecas, mayas, e incas, explotó minas de oro y plata, y obtuvo semillas, todo lo cual asociado a su avanzada cultura y tecnología arrojó resultados espectaculares para la naciente sociedad industrial.

En esos andares las administraciones coloniales entronizaron el modelo económico agroexportador, según el cual, en lugar de producir para sí, América lo hacía para Europa. Más tarde hubo mutaciones, y apareció la inversión extranjera, que permitió mínimos de participación a las oligarquías locales. Ese proceso mediante el cual Europa progresaba y América se empobrecía, fue denominado por André Gunder Frank “Desarrollo del subdesarrollo”. Así se creó una gigantesca deuda social.

Cuando en el siglo XX aparecieron vanguardias políticas nacionales, que partiendo de diferentes ópticas y escuelas de pensamiento trataron de utilizar las palancas del gobierno para implementar políticas de desarrollo, se encontraron sin recursos para hacerlo.

La única alternativa era expropiar a los expropiadores, que obviamente defendieron sus privilegios, sus “derechos”, y sus “propiedades” con los poderosos medios a su alcance, entre ellos la entente internacional denominada imperialismo.

Si bien Europa realizó aportes relevantes al progreso latinoamericano, más de quinientos años después las consecuencias civilizatorias y humanas de aquellos eventos, entre ellos el trágico destino de los pueblos originarios, gravitan sobre el presente y el futuro de América Latina, planteando la necesidad de cambios estructurales profundos.

Hay por supuesto avances, proyectos que han resultado fallidos, utopías que no se han realizado, y opciones radicales frustradas. Unos fueron hijos de las ilusiones, otros de las ansias de justicia, y algunos de la ira.

Unos y otros, desde dentro, con madurez, talento, y determinación tratan de enmendar las montañas de injusticias acumuladas, sin que falten los que desde las gradas llaman a la desmovilización, o alientan a los protagonistas a estériles y dolorosos sacrificios. Tal vez ellos no son necesarios, pero hasta ahora resultan inevitables. Allá nos vemos.

La Habana, 29 de enero de 2016

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