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70 ANIVERSARIO: AUSENCIAS Y OMISIONES

Las mezquindades son políticamente inexcusables. Fue mezquino que los líderes occidentales se abstuvieran de compartir con Rusia y China una celebración que debió ser universal, e infelices las omisiones de los líderes que forjaron la victoria: Stalin, Roosevelt y Churchill, así como de Lenin, fundador del estado vencedor. Las ausencias restaron altura.

La Segunda Guerra Mundial fue un momento de inflexión en la historia de la humanidad, en el cual las élites políticas tuvieron la lucidez de unir esfuerzos para salvar, no a un país, sino a la humanidad. Por primera vez en la política mundial se alcanzó una verdadera unidad en la diversidad.

Lo que comenzó como la más grande aberración racista y xenófoba de todos los tiempos, concluyó con la elaboración de una doctrina de seguridad colectiva, basada en los preceptos de igualdad soberana de los estados, independencia nacional, autodeterminación, y solución pacifica de los conflictos. La Carta constitutiva de la ONU, adoptada por unanimidad, fue expresión de un espíritu de avenencia que se extraña.

Ninguna consideración circunstancial debería ser invocada para demeritar el paradigma levantado por la lucidez de líderes que, soslayando diferencias, avanzaron hacía un punto de encuentro, que permitió la colaboración para la victoria.

El presidente norteamericano Franklin D. Roosevelt fue un visionario, y percibió el peligro que para la humanidad, y para Norteamérica y su status de potencia mundial, representaba el fascismo; y Stalin el estratega realista, capaz de pactar con Estados Unidos y Gran Bretaña, reconociendo que disponían de la capacidad de convocatoria y de la solvencia económica para liderar un esfuerzo mundial.

Con justicia, el entorno de las grandes potencias fue abierto a China, que desde 1937, dos años antes de que Alemania invadiera a la Unión Soviética y Japón atacara a Pearl Harbor, luchaba contra la ocupación nipona en el Lejano Oriente, cosa que hizo hasta 1945; y a Francia cuyas vanguardias, aunque sometidas a la ocupación nazi desde 1940 y al entreguismo de un gobierno colaboracionista, ofrecieron una resistencia que devino símbolo del renacer de la libertad en Europa.

Ante el ataque alemán la Unión Soviética, que desde la Revolución Bolchevique hasta 1920 fue escenario de una devastadora Guerra Civil, y en épocas de la invasión nazi enfrentaba todavía bolsones de nacionalismo, especialmente en Ucrania; Stalin convocó a la Gran Guerra Patria, y movilizó los esfuerzos de todos los pueblos soviéticos en la más grande confrontación militar de todos los tiempos.

En acto de civismo sin precedentes, decenas de generales y cientos de oficiales rusos, que bajo falsas acusaciones y procesos amañados habían sido destituidos y reprimidos durante las purgas estalinistas de los años treinta, soslayaron los agravios, y respondiendo al llamado patriótico, tomaron el mando de las formaciones militares que a lo largo de cuatro años hicieron frente a la maquinaria militar de Alemania y de varios estados aliados, a las cuales derrotaron convincentemente.

Obviamente el nacionalismo ruso fue un componente esencial de la lucha, la resistencia, y la victoria frente al invasor, pero también aquel sentimiento fue reforzado por la extraordinaria cohesión ideológica aportada por la defensa de las conquistas socialistas alcanzadas por el inmenso país.

Soslayar el papel desempeñado por el Partido Comunista de la Unión Soviética y por los millones de sus militantes inmolados, porque eran los primeros en cargar contra el enemigo, los últimos en replegarse, y los que más se esforzaron por reconstruir el país, restó brillo a la celebración.

No hace mucho, en la propia Rusia, se corroboró que ocultar la verdad no cambia la historia. El error no debiera repetirse. Allá nos vemos.

La Habana, 11 de mayo de 2015

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